El viernes por la noche, en casa de las hermanas Ríos, había dos cosas seguras: pizza y música. Dani, la mayor, llevaba tres años estudiando piano. Sami, la menor, no estudiaba música... todavía. Pero cada vez que su hermana practicaba, ella se quedaba cerca, escuchando, como quien mira por la ventana de una casa a la que quiere entrar.
Esa noche la pizza llegó cortada en 8 pedazos, y con ella llegó también la pelea de siempre.
—Tú comiste más que yo —protestó Sami.
—Comí tres pedazos. Tú comiste tres pedazos. Es exactamente lo mismo —dijo Dani, sin levantar la vista del celular.
—Pero tus pedazos eran más grandes.
—¡Los pedazos son todos iguales, Sami! Por eso la cortan así. Cada pedazo es un octavo de la pizza. Ocho pedazos iguales hacen una pizza entera.
Sami se quedó mirando la caja. Ahí quedaban dos pedazos.
—¿Y esos dos que quedan... cuánto son?
—Dos octavos —respondió Dani—. O sea, dos de las ocho partes.
Después de comer, Dani se sentó al piano a practicar. Tocó cuatro notas iguales, firmes, contando en voz baja: un, dos, tres, cuatro. Y otra vez: un, dos, tres, cuatro.
—¿Por qué siempre cuentas hasta cuatro? —preguntó Sami desde el sofá.
—Porque la canción está en compás de cuatro cuartos. Cada compás es como... —Dani se detuvo. Se quedó mirando el teclado como si lo viera por primera vez—. Espera. Es como la pizza.
—¿Qué?
—El compás es la pizza entera. Y cada nota que toco es un pedazo. Toco cuatro notas iguales y se completa el compás. Cuatro cuartos... ¡son cuatro pedazos de cuatro!
Sami se levantó del sofá y se acercó al piano.
—A ver. ¿O sea que si la pizza se corta en cuatro, cada pedazo es un cuarto... y si tocas cuatro notas de esas, "te comes" el compás completo?
—...Sí. Exactamente eso.
—Entonces —dijo Sami despacio, con los ojos brillando— si yo entiendo esto de las fracciones... ¿puedo entender música?
Dani sonrió y le hizo espacio en la banqueta del piano.
—Siéntate. Te voy a enseñar a comerte un compás.
