El pentagrama es el conjunto de cinco líneas y cuatro espacios donde escribimos las notas musicales. Sobre él representamos la altura de los sonidos: cuanto más arriba está una nota, más agudo es el sonido; cuanto más abajo, más grave.
Un poco de historia: Guido d’Arezzo y el camino de 4 a 5 líneas
La música no siempre se escribió así. En la Edad Media se usaban los neumas, pequeños signos colocados sobre el texto que solo recordaban la dirección de la melodía. Hacia el siglo X se empezó a trazar una línea roja para el Fa y luego una amarilla para el Do. El monje benedictino Guido d’Arezzo (ca. 995–1050) añadió dos líneas más y consolidó el tetragrama, la pauta de cuatro líneas: por primera vez fue posible leer la música con precisión, sin depender solo de la memoria.
Durante siglos convivieron pautas de cuatro, cinco y hasta más líneas: la de cuatro se reservaba para la música religiosa —el canto gregoriano aún la conserva— y la de cinco para la música profana. En el siglo XVI el pentagrama de cinco líneas se impuso como pauta común para toda la música, y es el que usamos hasta hoy.
¿Cómo se cuentan?
Tanto las líneas como los espacios se cuentan siempre de abajo hacia arriba: la primera línea es la más grave y la quinta, la más aguda; entre ellas quedan los cuatro espacios.
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Referencias bibliográficas
Grout, D. J. y Palisca, C. V. (2001). Historia de la música occidental. Alianza Editorial.
Guido d’Arezzo (ca. 1026). Micrologus de disciplina artis musicae.
Michels, U. (2009). Atlas de música, vol. 1. Alianza Editorial.

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